En el rincón amado de este otoñal paisaje,
toda la noche pensaba,
y a la luz de mis cortas ideas de ahora,
en los amores aquellos escurridizos y también trasnochados amores,
lapsus lejano de una infancia.
Por el resquicio que se derrite en los pezones de las féminas
de entonces.
La impronta antojadiza en la que los amores,
propios e impropios,
resquebrajan el quicio,
llegando a la cornisa donde habita el desquicio.
Mas duran tan poco los amores postizos.
Vereda amplia para los amores sin comentarios,
caminan y van allí tomados de las manos.
Efímeros amores ,
lo que un solo suspiro.
En los furtivos y cenizos.
En los soberbios y altivos,
arrogantes amores con sabor a hiel,
halla el ocaso en mi delirio de amor herido.
Inasible sistematizarlos,
en arrumacos de adredes y calendarios.
En los zaguanes y en el vestíbulo.
Amores contiguos,
adyacentes al rabillo de una muchacha,
ella que mira desde el octavo piso.
Parpadeo el iris de los amores incandescentes,
esos no pueden soslayarse
pues aun perviven cuando atraviesan el realismo trágico,
cruel paradoja arrastra el tiempo,
quizás bucólicamente en la susceptibilidad de la piel.
Tersas y púberes del sentimiento impúber además.
Están los amores colmados de presagios,
en el escaparate de la melancolía
de los amores desolados y abandonados
como el corazón de un niño.
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