La anatomía del discurso
No sé si a ustedes les habrá pasado lo mismo que a mí, pero la mayoría de las veces debemos armarnos de una rutina de saludos para interactuar con ciertas personas.Es casi como un decálogo socialmente prescrito: frases adecuadas,ni vulgares ni rimbombantes, para encarar satisfactoriamente la jornada.Presiento,por mera intuición, que en este tema tampoco hay lugar para las improvisaciones.
Las palabras tienen vida propia y debemos adiestrarlas con empeño.Viven en los discursos, y estos las honran con su sola presencia.Algunos discursos son pasionales y secretan fluidos (como el tono empalagoso de los textos amorosos); pero casi siempre, cuando son de odio, les exprimen sangre a las palabras, aunque su cobertura externa parezca de azúcar o miel.
Y uno puede oírlas hablar, mascullar sonidos dispersos y errantes que suenan como heridas abiertas: supurantes y en carne viva, alejadas del rigor convencional del buen trato.Se muestran sin ninguna máscara,incitándonos o tentåndonos, persuasivamente,a meter el dedo en la llaga.

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