¡Qué solos y tristes se quedan los muertos!
Están como de destierro en destierro,
siguiendo el ritual de los exilados del cielo.
Floreciendo a destiempo,
imprevistamente en el crepúsculo de este invierno.
Indómito jardín de sueños.
Mas no ha venido tu boca,
y el iris transparente de promesas aún reside
en tus pupilas desiertas.
Se han perdido para siempre tus labios,
en una fiesta de besos abandonados.
Ni de ella ha brotado
ni un quejumbroso lamento.
Eras demasiado virtuosa y valiente para mí.
¡Qué poco has muerto!
Así sin quererlo,
retorna la inhóspita comparsa de remordimientos,
sacudiendo el ritornello de la cadavérica enfermedad,
va la procesión de rostros en cruces de luto y aluminio.
Oyes cabalgar debajo el ocre de cemento onírico,
el murmullo de cien carrozas de fuego,
junto a las flores del cementerio.
Ni aun un te quiero queda ya en el templo universal de tu cuerpo.
y...
¡ Qué solos y triste se quedan los muertos!
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